DOMINICAL
Opinión
Huánuco es Fiesta
por: Arlindo Luciano Guillermo
Todos los barrios tienen su cuadrilla y jaranean hasta las últimas consecuencias, también en El Valle, Tomayquichua, Ambo, Panao, Tingo María. A los negritos los vemos hasta en la sopa. Del 24 de diciembre al 19 de enero, casi un par de cientos de cuadrillas de negritos ocupan la ciudad. La Plaza de Armas es un coliseo abierto; la gente disfruta incansablemente. Danzantes, cargadoras, mayordomos, infaltables gatilines -hay también gatilinas-, transitan orgullosos y felices por las calles. Locro rojo con carne de res, harta cerveza, shinguirito, banda de músicos de aquí y de otros lares completan el cuadro costumbrista. Se come, se bebe y se baila como Dios y el Niño Jesús lo mandan; la inversión del danzante supera los dos o tres mil soles, aparte del tiempo que dejan en el trabajo o las actividades a las que se dedican. Frente al municipio provincial, las cuadrillas de negritos exhiben sus piruetas coreográficas, resistencia física y emocional, dentro del cotón o la leva, el Niño Jesús en las andas y en hombros de un sexteto de damas jóvenes, la banderola de identidad, la vestimenta y cintas multicolores, máscaras que cubren el rostro; los familiares no se pierden la fiesta de Los negritos. Se mueven hábilmente los caporales -enemigos más crueles del propio negro de la hacienda-, la fila de pampas, corochanos, dama, turco y los abanderados. La fe y la devoción al Niño Jesús es la razón fundamental de la festividad de Los negritos, patrimonio cultural de la nación. Una cuadrilla de negritos niños garantiza continuidad de la tradición.
Practico la tolerancia cultural. Los negritos de Huánuco es un símbolo sólido, consolidado generacionalmente, de identidad cultural, como la tunantada en Jauja. En temas de historia y entomusicología no meto mis narices, no sabría qué argumentar ni aportar. Para eso están Javier Pulgar Vidal, Esteban Pavletich, Roel Tarazona, Marco Flores, Freddy Aranda, Virgilio López Calderón. Sin embargo, hay consecuencias que perjudican y fastidian a un grueso considerable de ciudadanos huanuqueños, que no se debe desoír en nombre de la ancestral tradición. Entiendo que Los negritos atrae turistas, genera movimiento económico, aumenta el empleo. Las autoridades de cultura no saben qué hacer con tantas cuadrillas de negritos. Son visibles, como los tres jircas que vigilan la ciudad, salvo que seamos ciegos y sordos intencionalmente, la congestión vehicular, alza de pasajes -eso ocurre en el libre mercado-, contaminación ambiental con la detonación de cohetes, parras y fuegos artificiales -totalmente incontrolables-, la estridencia de los artefactos pirotécnicos provoca estrés y ansiedad en quienes no participamos directamente de la negreada, los animales (perros y gatos) se esconden debajo de la mesa o cama, niños de condiciones neurodivergentes martirizados por el ruido ensordecedor. ¿Y la empatía y compasión? La gente se concentra en las plazas principales de Huánuco y Amarilis; los problemas diarios están ahí intactos, sin enfrentarlos ni resolverlos. El perímetro del mercado modelo y las adyacentes es tierra de nadie, intransitable; los ambulantes han tomado irreversiblemente las veredas. La acera es “propiedad de comerciantes informales”; el peatón tiene que hacer fila india para avanzar o bajar al pavimento con el riesgo inminente de que un vehículo lo atropelle, golpee o el chofer lo insulte. En la negreada, una de cal y otra de arena.
La tradición y las manifestaciones culturales no son estáticas ni dogmáticas. Pueden admitir cambios, innovación, adecuaciones y adaptaciones pertinentes y enriquecedoras, siempre que conserve la esencia de la identidad cultural. Los pampas y corochanos pueden ser mujeres, antes solo eran varones; la dama era un varón disfrazado de damisela, hoy es una mujer. Lo que no se puede permitir es la distorsión de los personajes, la música ni la indumentaria. Los negritos no pueden lucir ponchos ni sombrero de ala ancha (sombrero cordobés); los corochanos, capa de Supermán o careta de carnavales. La pelea callejera enturbia la tradición. No se puede incorporar en Los negritos, la tunantada o el huaylas, el tondero norteño para reemplazar a la marinera huanuqueña. Sería un absurdo cultural que vulnera flagrantemente la tradición. Huánuco es Los negritos, el Señor de Burgos, el puente Calicanto, las Manos Cruzadas de Kotosh, el dialecto singular (taplenco, tinshi, rapracha, lapazo, gatilín, sepla sucho) y la gastronomía inigualable. Se me escarapela la piel de emoción y pertenencia cultural cuando veo y escucho una cuadrilla de negritos y las melodías de la banda de músicos. Es mi esencia de ciudadano cultural, vigente, irrenunciable. Soy alérgico al chovinismo y al desprecio por el aporte foráneo como causas de la xenofobia, la discriminación y el racismo. En Huánuco conviven democráticamente mayorías y minorías culturales. La danza de Los negritos es identidad, raíces profundas en la tierra que nos vio generosamente nacer, crecer, fiesta popular, ballet vistoso en las calles para disfrute de transeúntes, aunque también indiferencia y enojo de otros, devoción firme al Niño Jesús, alegría de todas las edades, febril ayhuallá, frugal locro, colores que enceguecen los ojos, música que provoca instintivo escozor en los pies, vestimenta de alta perfección textil. Con los negritos todos ganan: artesanos, proveedores de alimentos, cervecerías, bajateros, animadores de eventos, heladeros, bodegueros, pirotécnicos, músicos, sastres, vendedores de tela, panaderos, cocineros; la gente se divierte con ganas como si el mundo se fuera a acabar. Siempre en mi corazón y en mi espíritu cultural están Los negritos de Huánuco. El fastidio de muchos, muy comprensible, por la fiesta de Los negritos, es menor que la poderosa tradición e identidad cultural que emana del pueblo. Hay también danza inclusiva de negritos.
Mi amigo Genco Pérez afirma que lo mejor de la negreada es la despedida. En ese episodio de la danza se revelan quiénes son los danzantes. Vemos su verdadero rostro sudoroso. Sabemos quiénes estuvieron enfundados varios días dentro del cotón y la máscara y bailaron valientemente con calor o lluvia. La fiesta se acaba hasta el próximo 24 de diciembre. Veintisiete días de baile, fiesta y fuegos artificiales. La semana del 12 al 16 de enero he llegado tarde al trabajo tres veces. El bajaj no avanzaba, embotellamiento en San Sebastián y a dos cuadras de la Plaza de Armas, en una calle una cuadrilla de negritos baila. El corochano reemplaza al policía de tránsito. La tradición de Los negritos está fuertemente enraizada, como sauce llorón a orillas del río Huallaga, en la memoria y sentimiento de los huanuqueños; es tan popular, tradicional y grandemente compenetrada en la conciencia social y cultural como la danza de las tijeras, la fiesta de la Virgen de la Candelaria, la marinera o la saya. Para unos es fiesta y diversión, para otros; un dolor de cabeza y molestia entendible. La danza de Los negritos refuerza nuestra identidad cultural. Imaginemos, por un instante, que, en las próximas elecciones, un corochano fuera elegido alcalde o gobernador regional. ¡Until next year, negritos!